Se prenden focos rojos en Cuba. Se rumora que el comandante se encuentra convaleciente, en coma. La revolución peligra, y el régimen, encarnando en su persona, está herido de muerte.
Si bien la isla no representa grandes intereses económicos para nuestro país (ya que el intercambio comercial alcanza apenas unos cuantos millones de dólares por año), la política mexicana deberá esperar grandes repercusiones de corto y largo plazo ante la eventual muerte de Castro; complicaciones que se nos vienen encima como una gigante bola de nieve, producto de años de alejamiento, imprudencia e ineptitud política en el manejo de la relación bilateral.
En el corto plazo, el flujo de migrantes cubanos que, talvez sin quererlo, lleguen a México en cantidades importantes. Hoy día, nuestro país es señalado por organismos como Amnistía Internacional por transgredir acuerdos en materia de protección al migrante. Cada año, miles de ciudadanos de Centro y Sudamérica, y de Asia principalmente, quedan literalmente varados en territorio mexicano, ante la esperanza de cruzar el río Bravo que los lleve finalmente a los Estados Unidos. Los detenidos, son enviados a centros que destacan por su estado insalubre y desprovisto de cualquier servicio básico. Algunos centros apenas albergan un baño para sus más de 60 ocupantes.
Ante este escenario, México sería simplemente incapaz de dar albergue y protección a los miles de cubanos que intentaran abandonar la isla. Además, la concentración de pobreza en los albergues genera, irremediablemente, inseguridad y tráfico de drogas. Eso en el aspecto social.
Por otra parte, de cambiar las reglas del juego y el embargo económico estadounidense al menos se modificara, Cuba podría reinsertarse al orden económico mundial en un mediano plazo con buenas expectativas de éxito, dada su mano de obra altamente calificada (gracias a sus exitosos programas educativos) y a sus paradisíacos destinos turísticos. Durante el sexenio foxista, México perdió más de 600 conglomerados internacionales, que emigraron a Asia principalmente, en busca de mano de obra calificada que trabaje más y cobre menos. Los cubanos, con el mejor sistema educativo básico de América Latina, ofrecen excelentes oportunidades a inversionistas interesados en maquilas, y por la misma razón educativa, la oportunidad de desarrollo es mucho mayor al de nuestro país.
“Para que los gringos dejen de ir a Cancún bastaría con construir un Hilton en Varadero”, me dijo mi papá alguna vez. Tiene razón. La arena y vegetación de la isla son majestuosas, y se presentan como fuertes atractivos a turistas. Si alguna potencia edificara poderosos complejos hoteleros en la isla (España y Canadá ya tienen reservados espacios), podríamos ir contando el principio del adiós de la omnipresencia de Cozumel, Cancún o Playa del Carmen. Los dólares de los turistas, cuando menos, se compartirían entre cubanos y mexicanos, afectando economías enteras como la de Quintana Roo, que por concepto de turismo, restaurantes y hoteles, recaba más del 50% de su PIB. Lo anterior, en lo económico.
Y finalmente, la crisis política que se desataría en Cuba ante la eventual caída de su régimen personificado en Castro, supondría la inevitable intervención de México –a pesar de los esfuerzos caracterizados por la falta de visión de Fox y Zedillo por no serlo- como mediador, al ser el vecino intermedio entre Estados Unidos y la isla.
Sin la figura de Fidel a sus espaldas, Raúl Castro parecería un simple improvisado en el poder; un comandante de un ejército asustado, por lo que podría ser una nueva intervención armada estadounidense en su territorio, y un presidente de un pueblo desconcertado, cuyos ideales revolucionarios recaían en la figura de su hermano. El debilitamiento del régimen cubano entonces parece lógico, y los intereses de los Estados Unidos en la isla son ya de varios ayeres, y esta vez, traen -cual Malinche con Cortés- a los propios cubanos que viven en territorio estadounidense, que acumulan riquezas de miles de millones de dólares, y que tienen una capacidad de presión política en el Congreso estadounidense definitiva. Si Raúl Castro no está listo para enfrentar una situación de crisis desde ahora con una visión diplomática firme, sus días pueden estar contados al frente del régimen.
La opción más clara, y talvez ineludible, sería la apertura económica con la premisa de mantener la línea dura en lo político, como lo hizo ya el régimen de Hu Jintao en China con excelentes resultados, que tienen hoy creciendo a su país como ningún otro del orbe. La cosa aquí es pues, que los Estados Unidos así lo permitan.
El caso para México es, a todas luces, complicado, pues la muerte de Castro representa, además del fin del simbolismo revolucionario que aún enciende corazones en nuestro país, un problema –¿o amenaza?- en aspectos económicos, sociales y políticos. Los esfuerzos de Calderón por restablecer los puentes diplomáticos que sus antecesores destruyeron, no deben cesar. México debe estar inmiscuido en Cuba por iniciativa propia, y no –como siempre- de rebote, porque el tiempo nos alcanzó.
Por lo que a mi respecta, respeto y admiro los ideales impresos en la revolución cubana, no en demasía, por las formas en las que se valió últimamente para preservar sus fines. Pero la lucha histórica por la dignificación de un pueblo no se puede dejar de reconocer, ni tampoco, dejar de aplaudir –y de pie-. ¡Viva, por siempre, la libre y soberana República de Cuba! ð
Si bien la isla no representa grandes intereses económicos para nuestro país (ya que el intercambio comercial alcanza apenas unos cuantos millones de dólares por año), la política mexicana deberá esperar grandes repercusiones de corto y largo plazo ante la eventual muerte de Castro; complicaciones que se nos vienen encima como una gigante bola de nieve, producto de años de alejamiento, imprudencia e ineptitud política en el manejo de la relación bilateral.
En el corto plazo, el flujo de migrantes cubanos que, talvez sin quererlo, lleguen a México en cantidades importantes. Hoy día, nuestro país es señalado por organismos como Amnistía Internacional por transgredir acuerdos en materia de protección al migrante. Cada año, miles de ciudadanos de Centro y Sudamérica, y de Asia principalmente, quedan literalmente varados en territorio mexicano, ante la esperanza de cruzar el río Bravo que los lleve finalmente a los Estados Unidos. Los detenidos, son enviados a centros que destacan por su estado insalubre y desprovisto de cualquier servicio básico. Algunos centros apenas albergan un baño para sus más de 60 ocupantes.
Ante este escenario, México sería simplemente incapaz de dar albergue y protección a los miles de cubanos que intentaran abandonar la isla. Además, la concentración de pobreza en los albergues genera, irremediablemente, inseguridad y tráfico de drogas. Eso en el aspecto social.
Por otra parte, de cambiar las reglas del juego y el embargo económico estadounidense al menos se modificara, Cuba podría reinsertarse al orden económico mundial en un mediano plazo con buenas expectativas de éxito, dada su mano de obra altamente calificada (gracias a sus exitosos programas educativos) y a sus paradisíacos destinos turísticos. Durante el sexenio foxista, México perdió más de 600 conglomerados internacionales, que emigraron a Asia principalmente, en busca de mano de obra calificada que trabaje más y cobre menos. Los cubanos, con el mejor sistema educativo básico de América Latina, ofrecen excelentes oportunidades a inversionistas interesados en maquilas, y por la misma razón educativa, la oportunidad de desarrollo es mucho mayor al de nuestro país.
“Para que los gringos dejen de ir a Cancún bastaría con construir un Hilton en Varadero”, me dijo mi papá alguna vez. Tiene razón. La arena y vegetación de la isla son majestuosas, y se presentan como fuertes atractivos a turistas. Si alguna potencia edificara poderosos complejos hoteleros en la isla (España y Canadá ya tienen reservados espacios), podríamos ir contando el principio del adiós de la omnipresencia de Cozumel, Cancún o Playa del Carmen. Los dólares de los turistas, cuando menos, se compartirían entre cubanos y mexicanos, afectando economías enteras como la de Quintana Roo, que por concepto de turismo, restaurantes y hoteles, recaba más del 50% de su PIB. Lo anterior, en lo económico.
Y finalmente, la crisis política que se desataría en Cuba ante la eventual caída de su régimen personificado en Castro, supondría la inevitable intervención de México –a pesar de los esfuerzos caracterizados por la falta de visión de Fox y Zedillo por no serlo- como mediador, al ser el vecino intermedio entre Estados Unidos y la isla.
Sin la figura de Fidel a sus espaldas, Raúl Castro parecería un simple improvisado en el poder; un comandante de un ejército asustado, por lo que podría ser una nueva intervención armada estadounidense en su territorio, y un presidente de un pueblo desconcertado, cuyos ideales revolucionarios recaían en la figura de su hermano. El debilitamiento del régimen cubano entonces parece lógico, y los intereses de los Estados Unidos en la isla son ya de varios ayeres, y esta vez, traen -cual Malinche con Cortés- a los propios cubanos que viven en territorio estadounidense, que acumulan riquezas de miles de millones de dólares, y que tienen una capacidad de presión política en el Congreso estadounidense definitiva. Si Raúl Castro no está listo para enfrentar una situación de crisis desde ahora con una visión diplomática firme, sus días pueden estar contados al frente del régimen.
La opción más clara, y talvez ineludible, sería la apertura económica con la premisa de mantener la línea dura en lo político, como lo hizo ya el régimen de Hu Jintao en China con excelentes resultados, que tienen hoy creciendo a su país como ningún otro del orbe. La cosa aquí es pues, que los Estados Unidos así lo permitan.
El caso para México es, a todas luces, complicado, pues la muerte de Castro representa, además del fin del simbolismo revolucionario que aún enciende corazones en nuestro país, un problema –¿o amenaza?- en aspectos económicos, sociales y políticos. Los esfuerzos de Calderón por restablecer los puentes diplomáticos que sus antecesores destruyeron, no deben cesar. México debe estar inmiscuido en Cuba por iniciativa propia, y no –como siempre- de rebote, porque el tiempo nos alcanzó.
Por lo que a mi respecta, respeto y admiro los ideales impresos en la revolución cubana, no en demasía, por las formas en las que se valió últimamente para preservar sus fines. Pero la lucha histórica por la dignificación de un pueblo no se puede dejar de reconocer, ni tampoco, dejar de aplaudir –y de pie-. ¡Viva, por siempre, la libre y soberana República de Cuba! ð
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