Hoy se cumplen 4 años ya de la invasión estadounidense a Irak. Aquel país condenado al olvido, porque el occidente ya perdió hace algunos ayeres la capacidad de asombro y el interés. Después de todo, Irak está lejos, y hoy día existen temas más importantes en la agenda internacional. El calentamiento global, por ejemplo.
Pero hace 27 años Irak era un país pródigo, y su líder Saddam Hussein, recién ascendido al poder, un hombre visionario. Cuando Saddam se lanzó contra Irán en una guerra larga y cruenta de 1980 a 1988, contó con las simpatías y el apoyo económico de Estados Unidos, Francia y la entonces Unión Soviética. Hussein había prometido que de ganar, abriría la oportunidad a las empresas petroleras de estos países a que tomaran los pozos de la zona en disputa con Irán. La oferta era jugosa, porque Irak es el país con la reserva petrolera más grande del mundo, 30% más que Arabia Saudita. Se estima que cuando en el mundo se termine el combustible, Irak todavía tendrá una reserva suficiente para abastecer por 5 años al mundo entero.
No obstante, desde entonces se sabía que Saddam empleaba armas químicas contra los iraníes, y también que las empleó contra los chiítas dentro de su país. Pero el mundo guardó silencio.
La guerra entre Irán e Irak terminó sin un claro ganador, y con ambas economías en la debacle. Sin embargo, Irak había terminado armado hasta los dientes (el 5to país más armado del mundo). Con una economía totalmente militarizada, se lanzó a nutrirla hacia su diminuto país vecino, Kuwait. La invasión ya no gustó a las potencias, así que como siempre, el otrora aliado Saddam Hussein fue proyectado al occidente como un tirano, una amenaza a la paz mundial, un detractor de la democracia. Y eso, era un cáncer que había que extirpar.
George Bush padre se lanzó a la guerra del Golfo con buenos márgenes de éxito. En poco tiempo, Irak se retiró de Kuwait y su economía militarizada quedó destruida. Se dice que Bush padre fue aconsejado de que destruyera por completo el régimen iraquí, pero el entonces presidente se negó porque a su juicio, ya no había mayor amenaza.
Así que su hijo, 12 años después regresó para finalizar el trabajo. Y para sorpresa de todos, Estados Unidos entró prácticamente caminando a Irak. Las temibles Guardias Republicanas iraquíes habían sido borradas del mapa desde 1991, y las armas de destrucción masiva que Bush pregonó a todo el mundo, no estaban ahí. Nunca existieron.
Hoy día, a 4 años de haber iniciado la invasión, existen varios saldos, ninguno positivo: Hussein fue ejecutado y difundido por el mundo cual trágica marioneta en el YouTube; España sufrió un atentado terrorista en marzo de 2005, que costó la cabeza de Aznar; Tony Blair enfrenta problemas de popularidad; y Estados Unidos, en plena recesión económica, tiene frente a sí a un Irak que le va a costar unos 375 mil millones de dólares, y su invasión ya ha causado la muerte de más de 50 mil iraquíes y 2 mil 300 militares estadounidenses. Lo peor, es que la guerra no tiene fecha final.
Y su presidente, que se autodefinió “de guerra”, exhibió más debilidad que poder de su país en la invasión (ya le dicen el nuevo Vietnam), cimbró más odio antiyanqui en el mundo, y sembró numerosas semillas para nuevos grupos terroristas. En el único lugar que sigue imponiendo récords, es en el de perder popularidad. Este mes, sólo 27% de los estadounidenses aprueba su gestión, todo un lame duck.
Bush: a democracia matas, y a democracia mueres.
Pero hace 27 años Irak era un país pródigo, y su líder Saddam Hussein, recién ascendido al poder, un hombre visionario. Cuando Saddam se lanzó contra Irán en una guerra larga y cruenta de 1980 a 1988, contó con las simpatías y el apoyo económico de Estados Unidos, Francia y la entonces Unión Soviética. Hussein había prometido que de ganar, abriría la oportunidad a las empresas petroleras de estos países a que tomaran los pozos de la zona en disputa con Irán. La oferta era jugosa, porque Irak es el país con la reserva petrolera más grande del mundo, 30% más que Arabia Saudita. Se estima que cuando en el mundo se termine el combustible, Irak todavía tendrá una reserva suficiente para abastecer por 5 años al mundo entero.
No obstante, desde entonces se sabía que Saddam empleaba armas químicas contra los iraníes, y también que las empleó contra los chiítas dentro de su país. Pero el mundo guardó silencio.
La guerra entre Irán e Irak terminó sin un claro ganador, y con ambas economías en la debacle. Sin embargo, Irak había terminado armado hasta los dientes (el 5to país más armado del mundo). Con una economía totalmente militarizada, se lanzó a nutrirla hacia su diminuto país vecino, Kuwait. La invasión ya no gustó a las potencias, así que como siempre, el otrora aliado Saddam Hussein fue proyectado al occidente como un tirano, una amenaza a la paz mundial, un detractor de la democracia. Y eso, era un cáncer que había que extirpar.
George Bush padre se lanzó a la guerra del Golfo con buenos márgenes de éxito. En poco tiempo, Irak se retiró de Kuwait y su economía militarizada quedó destruida. Se dice que Bush padre fue aconsejado de que destruyera por completo el régimen iraquí, pero el entonces presidente se negó porque a su juicio, ya no había mayor amenaza.
Así que su hijo, 12 años después regresó para finalizar el trabajo. Y para sorpresa de todos, Estados Unidos entró prácticamente caminando a Irak. Las temibles Guardias Republicanas iraquíes habían sido borradas del mapa desde 1991, y las armas de destrucción masiva que Bush pregonó a todo el mundo, no estaban ahí. Nunca existieron.
Hoy día, a 4 años de haber iniciado la invasión, existen varios saldos, ninguno positivo: Hussein fue ejecutado y difundido por el mundo cual trágica marioneta en el YouTube; España sufrió un atentado terrorista en marzo de 2005, que costó la cabeza de Aznar; Tony Blair enfrenta problemas de popularidad; y Estados Unidos, en plena recesión económica, tiene frente a sí a un Irak que le va a costar unos 375 mil millones de dólares, y su invasión ya ha causado la muerte de más de 50 mil iraquíes y 2 mil 300 militares estadounidenses. Lo peor, es que la guerra no tiene fecha final.
Y su presidente, que se autodefinió “de guerra”, exhibió más debilidad que poder de su país en la invasión (ya le dicen el nuevo Vietnam), cimbró más odio antiyanqui en el mundo, y sembró numerosas semillas para nuevos grupos terroristas. En el único lugar que sigue imponiendo récords, es en el de perder popularidad. Este mes, sólo 27% de los estadounidenses aprueba su gestión, todo un lame duck.
Bush: a democracia matas, y a democracia mueres.
