Hace unos 6 años ya, acompañé a mi papá a una gira de capacitación en Colima, a la que asistía como ponente. Mientras él trabajaba, yo me iba a conocer lo poco pero interesante que tiene esta calurosa ciudad.
Una noche, bajé a cenar en el desangelado restaurante del hotel. A pesar de la nula concurrencia, la comida era muy buena. Y fue ahí cuando lo vi: un viejito, piel color ébano, sonrisa sincera y de un trato tan relajante, que parecía que el hombre había dedicado toda su vida a repartir buena vibra por el mundo. Él estaba al saxofón esa noche, acompañado de una señora muy seria en el piano. Y así, con una audiencia de una persona –yo- empezaron a tocar.
He ido a conciertos masivos, en el Estadio Azteca, en el Foro Sol, en el Palacio de los Deportes, en el Foro Alicia, en el Salón 21…pero nunca antes había recibido tan directamente esa maravillosa vibra y ese placentero bienestar que sólo la buena música puede regalarnos. Porque eso era, un regalo del viejito y su acompañante para mi, para los meseros, para quien lo quisiera recibir.
Originalmente tocaría una hora, pero debido a la exigente audiencia, decidió que tocaría una canción más. Y no sería otro cover de Miles Davis o Jobim. Esta vez era una canción de su autoría. La dama en el piano introdujo una melodía suave y el viejito, con su sax, interpretaba la canción que llamó “El viento del otoño sopla desde el Sur”.
Ayer fui a Morrisey al Palacio de los Rebotes. Esos sentimientos que generó en mí el viejo saxofonista, esa mística y esa capacidad de transmitir más de un sentimiento, volvieron a la vida ayer con un Mr. Morrisey, que, sin la humildad ni las sonrisas del jazzista, nos transmitió un rock de antiguas épocas que caben formidablemente en ésta por sus letras, música y presencia, que han inspirado a miles de bandas indie y alternativas en todo el mundo. Sus discos son buenos, pero en vivo, Morrisey y sus músicos transmiten algo diferente, algo casi mágico a través de su música, algo tan difícil de describir, que uno solo podía agradecer de pie y aplaudiendo mientras se despedía de su breve pero imponente actuación. Carajo, hubiera pagado los mismos 1,000 pesos por la mitad de canciones que se aventó.
Muy alejado de colegas que han bajado su nivel musical a través de los años (pues entre otras razones y después de todo, las drogas sí tienen sus consecuencias), Morrisey mantiene su voz y talento intactos. También su arrogancia, pero es lo de menos. El señor es un tipazo dentro y fuera del escenario.
Bravo por el viejo saxofonista y su acompañante de Colima. Bravo por Morrisey. Bravo por un conciertazo a la altura de la música inglesa, que sin duda sigue sentando la pauta a nivel mundial. Y muy mal por la práctica monopólica que desarrolla Ocesa, que sigue cobrando lo que le da la gana por los artistas que trae.
Una noche, bajé a cenar en el desangelado restaurante del hotel. A pesar de la nula concurrencia, la comida era muy buena. Y fue ahí cuando lo vi: un viejito, piel color ébano, sonrisa sincera y de un trato tan relajante, que parecía que el hombre había dedicado toda su vida a repartir buena vibra por el mundo. Él estaba al saxofón esa noche, acompañado de una señora muy seria en el piano. Y así, con una audiencia de una persona –yo- empezaron a tocar.
He ido a conciertos masivos, en el Estadio Azteca, en el Foro Sol, en el Palacio de los Deportes, en el Foro Alicia, en el Salón 21…pero nunca antes había recibido tan directamente esa maravillosa vibra y ese placentero bienestar que sólo la buena música puede regalarnos. Porque eso era, un regalo del viejito y su acompañante para mi, para los meseros, para quien lo quisiera recibir.
Originalmente tocaría una hora, pero debido a la exigente audiencia, decidió que tocaría una canción más. Y no sería otro cover de Miles Davis o Jobim. Esta vez era una canción de su autoría. La dama en el piano introdujo una melodía suave y el viejito, con su sax, interpretaba la canción que llamó “El viento del otoño sopla desde el Sur”.
Ayer fui a Morrisey al Palacio de los Rebotes. Esos sentimientos que generó en mí el viejo saxofonista, esa mística y esa capacidad de transmitir más de un sentimiento, volvieron a la vida ayer con un Mr. Morrisey, que, sin la humildad ni las sonrisas del jazzista, nos transmitió un rock de antiguas épocas que caben formidablemente en ésta por sus letras, música y presencia, que han inspirado a miles de bandas indie y alternativas en todo el mundo. Sus discos son buenos, pero en vivo, Morrisey y sus músicos transmiten algo diferente, algo casi mágico a través de su música, algo tan difícil de describir, que uno solo podía agradecer de pie y aplaudiendo mientras se despedía de su breve pero imponente actuación. Carajo, hubiera pagado los mismos 1,000 pesos por la mitad de canciones que se aventó.
Muy alejado de colegas que han bajado su nivel musical a través de los años (pues entre otras razones y después de todo, las drogas sí tienen sus consecuencias), Morrisey mantiene su voz y talento intactos. También su arrogancia, pero es lo de menos. El señor es un tipazo dentro y fuera del escenario.
Bravo por el viejo saxofonista y su acompañante de Colima. Bravo por Morrisey. Bravo por un conciertazo a la altura de la música inglesa, que sin duda sigue sentando la pauta a nivel mundial. Y muy mal por la práctica monopólica que desarrolla Ocesa, que sigue cobrando lo que le da la gana por los artistas que trae.

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